-Martianos …

“El amor, madre, a la patria”

El amor, madre, a la patria

No es el amor ridículo a la tierra.

Ni a la yerba que pisan nuestras plantas;

Es el odio invencible a quien la oprime,

Es el rencor eterno a quien la ataca;

Y tal amor despierta en nuestro pecho

El mundo de recuerdos que nos llama

A la vida otra vez, cuando la sangre,

Herida brota con angustia el alma;

La imagen del amor que nos consuela

Y las memorias plácidas que guarda!

(de Abdala, 1869)

“De noche, en la imprenta”

Hay en la casa del trabajo un ruido
que me parece un fúnebre silencio.
Trabajan; hacen libros:-se diría
que están haciendo para un hombre féretro.
Es de noche; la luz enrojecida
alumbra la fatiga del obrero;
parecen estas luces vacilantes
las lámparas fugaces de San Telmo,
y es que está muerto el corazón, y entonces
todo parece solitario y muerto.

Es la labor de imprenta misteriosa:
propaganda de espíritus, abiertos
al Error que nos prueba, y a la Gloria,
y a todo lo que brinda al alma un cielo,
cuando el deber con honradez se cumple,
cuando el amor se reproduce inmenso.

Es la imprenta la vida, y me parece
este taller un vasto cementerio.
Es que el Cadáver se sentó a mi lado,
y la mano me oprime con sus huesos,
y me hiela el amor con que amaría
y hasta el cerebro mismo con que pienso.
Es que la muerte, de miseria en. forma,
comió a mi mesa y se acostó en mi lecho.
Hay hombres en torno; pero el alma
fugitiva del mundo, va tan lejos
que en esta lucha por asirla al poste
de mí se escapa y sin el alma quedo.
Hay luces, y en mí sombras; claridades
en todo, en mi dolor graves misterios;
despierto estoy, mas dormiré muy pronto,
porque al arrullo del dolor me duermo.
La frente inclino sobre la ancha mesa
para extinguir la luz, la mano extiendo,
y la extingo, y la sombra no apercibo
porque apagada en mí toda luz llevo.

Duermo de pie: la vida es muchas veces
esta luz apagada y este sueño.
Los ojos se me cierran, de la frente
vencidos al afán y rudo peso.
Trabaja el impresor haciendo un libro;
trabajo yo en la vida haciendo un muerto.

Vivir es comerciar; alienta todo
por los útiles cambios y el comercio:
me dan pan, yo doy el alma: si ya he dado
cuanto tengo que dar ¿por qué no muero?
Si de mi vida sin pan imagen formo,
si verla aun puede de mi juicio el resto,
¿por qué negarme, oh rey de la tiniebla,
lo que para soñar tengo derecho?

Es de noche: la luz enrojecida
huye y vacila como fatuo fuego:
cirios de muerte me imagino en torno:
escucho el misterioso cuchicheo
que en la alcoba feliz del moribundo
es el primer sudario del enfermo,
y todo vaga en redor, en danza
confusa, extraña, y sordo movimiento.
Parécenme esas manos que se mueven
manos que clavan enlutado féretro;
ésos, los que trabajan, comitiva
ceremoniosa y funeraria veo.
Y es que en el colmo de la vida asisto
vivo cadáver a mi propio entierro.

Mi corazón deposité en la tumba:
llevo una herida que me cruza el pecho;
sangre me brota; quien a mí se acerque
en los bordes leerá como yo leo:
“Mordido aquí de la miseria un día
quedó este vivo desgarrado y muerto,
porque el diente fatal de la miseria lleva
en la punta matador veneno.”

Cuando encuentres un vil, para y pregunta
si la miseria le mordió en el pecho,
y si el caso es verdad, sigue y perdona:
culpa no tiene, -¡le alcanzó el veneno!

José Martí (México, 10 de octubre de 1875)

­­A mis Hermanos Muertos el 27 de Noviembre
Cadáveres amados los que un día
Ensueños fuistes de la patria mía,
¡Arrojad, arrojad sobre mi frente
Polvo de vuestros huesos carcomidos!
¡Tocad mi corazón con vuestras manos!
¡Gemid a mis oídos!
¡Cada uno ha de ser de mis gemidos
Lágrimas de uno más de los tiranos!
¡Andad a mi redor; vagad en tanto
Que mi ser vuestro espíritu recibe,
Y dadme de las tumbas el espanto,
Que es poco ya para llorar el llanto
Cuando en infame esclavitud se vive!Y tú, Muerte, hermana del martirio,
Amada misteriosa
Del genio y del delirio,
Mi mano estrecha, y siéntate a mi lado;
¡Os amaba viviendo, mas sin ella
No os hubiera tal vez idolatrado!En lecho ajeno y en extraña tierra
La fiebre y el delirio devoraban
Mi cuerpo, si vencido, no cansado,
Y de la patria gloria enamorado.
¡El brazo de un hermano recibía
Mi férvida cabeza,
Y era un eterno, inacabable día,
De sombras y letargos y tristeza!

De pronto vino, pálido el semblante,
Con la tremenda palidez sombría
Del que ha aprendido a odiar en un instante,
Un amigo leal, antes partido
A buscar nuevas vuestras decidido.
La expresión de la faz callada y dura,
Los negros ojos al mirar inciertos,
Algo como de horror y de pavura,
La boca contraída de amargura,
Los surcos de dolor recién abiertos,
Mi afán y mi ansiedad precipitaron.
-¿Y ellos? ¿Y ellos? mis labios preguntaron;
-¡Muertos! me dijo: ¡muertos!
Y en llanto amargo prorrumpió mi hermano,
Y se abrazó llorando con mi amigo,
Y yo mi cuerpo alcé sobre una mano,
Viví en infierno bárbaro un instante,
Y amé, y enloquecí, y os vi, y deshecho
En iras y en dolor, odié al tirano,
Y sentí tal poder y fuerza tanta,
Que el corazón se me salió del pecho,
Y lo exhalé en un ¡ay! por la garganta!

Y víme luego en el ajeno lecho,
Y en la prestada casa, y en sombría
Tarde que no es la tarde que yo amaba.
¡Y quise respirar, y parecía
Que un aire ensangrentado respiraba!
Vertiendo sin consuelo
Ese llanto que llora al patrio suelo,
Lágrimas que después de ser lloradas
Nos dejan en el rostro señaladas
Las huellas de una edad de sombra y duelo,
­Mi hermano, cuidadoso,
Vino a darme la calma, generoso.
Una lágrima suya,
Gruesa, pesada, ardiente,
Cayó en mi faz; y así, cual si cayera
Sangre de vuestros cuerpos mutilados
Sobre mi herido pecho, y de repente
En sangre mi razón se obscureciera,
Odié, rugí, luché; de vuestras vidas
Rescate halló mi indómita fiereza …
¡Y entonces recordé que era impotente!
¡Cruzó la tempestad por mi cabeza
Y hundí en mis manos mi cobarde frente!

Y luche con mis lágrimas, que hervían
En mi pecho agitado, y batallaban
Con estrépito fiero,
Pugnando todas por salir primero;
Y así como la tierra estremecida
Se siente en sus entrañas removida,
Y revienta la cumbre calcinada
Del volcán a la horrenda sacudida,
Así el volcán de mi dolor, rugiendo,
Se abrió a la par en abrasados ríos,
Que en rápido correr se abalanzaron,
Y que las iras de los ojos míos
Por mis mejillas pálidas y secas
En tumulto y tropel precipitaron.

Llore, llore de espanto y amargura:
Cuando el amor o el entusiasmo llora,
Se siente a Dios, y se idolatra, y se ora.
¡Cuando se llora como yo, se jura!

¡Y yo jure! Fue tal un juramento,
¡Que si el fervor patriótico muriera,
Si Dios puede morir, nuevo surgiera
Al soplo arrebatado de su aliento!
¡Tal fue, que si el honor y la venganza
Y la indomable furia
Perdieran su poder y su pujanza;
Y el odio se extinguiese, y de la injuria

Los recuerdos ardientes se extraviaran,
De mi fiera promesa surgirían,
Y con nuevo poder se levantaran,
E indómita pujanza cobrarían!

Sobre un montón de cuerpos desgarrados
Una legión de hienas desatada,
Y rápida y hambrienta,
Y de seres humanos avarienta,
La sangre bebe y a los muertos mata.
Hundiendo en el cadáver
Sus garras cortadoras,
Sepulta en las entrañas destrozadas
La asquerosa cabeza; dentro del pecho
Los dientes hinra agudos, y con ciego
Horrible movimiento se menea,
Y despidiendo de los ojos fuego,
Radiante de pavor, levanta luego
La cabeza y el cuello en sangre tintos;
Al uno y otro lado,
Sus miradas estúpidas pasea,
Y de placer se encorva, y ruge, y salta,
Y respirando el aire ensangrentado,
Con bárbara delicia se recrea.
¡Así sobre vosotros
-Cadáveres vivientes,
Esclavos tristes de malvadas gentes-,
Las hienas en legión se desataron,
Y en respirar la sangre enrojecida
Con bárbara fruición se recrearon!

Y así como la hiena desaparece
Entre el montón de muertos,
Y al cabo de un instante reaparece
Ebria de gozo, en sangre reteñida,
Y semeja que crece,
Y muerde, y ruge, y rápida desgarra,
Y salta, y hunde la profunda garra
En un cráneo saliente,
Y, al fin, allí se para triunfadora,
Rey del infierno en solio omnipotente,
Así sobre tus restos mutilados,
Así sobre los cráneos de tus hijos,
¡Hecatombe inmortal, puso sedienta,
Despiadada legión garra sangrienta!
¡Así con contemplarte se recrea!
¡Así a la patria gloria te arrebata!
¡Así ruge, así goza, así te mata!
¡Así se ceba en ti! ¡Maldita sea!

Pero, ¿cómo mi espíritu exaltado,
Y del horror en alas levantado,
Súbito siente bienhechor consuelo?
¿Por qué espléndida luz se ha disipado
La sombra infausta de tan negro duelo?
Ni ¿que divina mano me contiene,
Y sobre la cabeza del infame
Mi vengadora cólera detiene? …

¡Campa! ¡Bermúdez! ¡Alvarez! Son ellos,
Pálido el rostro, plácido el semblante;
¡Horadadas las mismas vestiduras
Por los feroces dientes de la hiena!
¡Ellos los que detienen mi justicia!
¡Ellos los que perdonan a la fiera!
¡Dejadme ¡oh gloria! que a mi vida arranque
Cuanto del mundo mísero recibe!
¡Deja que vaya al mundo generoso,
Donde la vida del perdón se vive!

¡Ellos son! ¡Ellos son! Ellos me dicen
Que mi furor colérico suspenda,
Y me enseñan sus pechos traspasados,
Y sus heridas con amor bendicen,
Y sus cuerpos estrechan abrazados,
¡Y favor por los déspotas imploran!
¡Y siento ya sus besos en mi frente,
Y en mi rostro las lágrimas que lloran!

¡Aquí están, aquí están! En torno mío
se mueven y se agitan… -¡Perdón!
-¡Perdón!
-¿Perdón para el impío?
-¡Perdón! ¡Perdón!-me gritan,
¡Y en un mundo de ser se precipitan!

¡Oh gloria, infausta suerte,
Si eso inmenso es morir, dadme la muerte!

-¡Perdón!-Así dijeron
Para los que en la tierra abandonada
Sus restos esparcieron!
¡Llanto para vosotros los de Iberia,
Hijos en la opresión y la venganza!
¡Perdón! ¡Perdón! esclavos de miseria!
¡Mártires que murieron, bienandanza!
La virgen sin honor del Occidente,
El removido suelo que os encubre
Golpea desolada con la frente,
Y al no hallar vuestros nombres en la tierra
Que más honor y más mancilla encierra,
Del vértigo fatal de la locura
Horrible presa ya, su vestidura
Rasga, y emprende la veloz carrera,
Y, mesando su ruda cabellera,
-¡Oh-clama-pavorosa sombra obscura!
¡Un mármol les negué que los cubriera,
Y un mundo tienen ya por sepultura!
¡Y más que un mundo, más! Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida,
La muerte acaba, la prisión se rompe;
¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!

¡Oh, más que un mundo, más! Cuando la gloria
A esta estrecha mansión nos arrebata,
El espíritu crece,
El cielo se abre, el mundo se dilata
Y en medio de los mundos se amanece.

¡Déspota, mira aquí cómo tu ciego
Anhelo ansioso contra ti conspira:
Mira tu afán y tu impotencia, y luego
Ese cadáver que venciste mira,
Que murió con un himno en la garganta,
Que entre tus brazos mutilado expira
Y en brazos de la gloria se levanta!
No vacile tu mano vengadora;
No te pare el que gime ni el que llora:
¡Mata, déspota, mata!
¡Para el que muere a tu furor impío,
El cielo se abre, el mundo se dilata!

 


Redactado en Madrid, 1872.

 

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