Obispo Ponce de León ( -11 de julio 1977).

UNA HISTORIA MUY ARGENTINA

Por Osvaldo Bayer (23 de marzo de 1998)

No es que uno sea suspicaz pero, ¿por qué los obispos de izquierda mueren en accidentes automovilísticos? En Perú, entre 1982 y 1986, murieron cuatro obispos en misteriosas colisiones; aquí, uno de los contados obispos que enfrentó con todo coraje la dictadura de Videla, monseñor Angelelli, perdió su vida durante la dictadura militar en un extraño choque en la ruta; al obispo de San Nicolás, verdadero paladín en defensa de la gente perseguida durante ese tiempo, Ponce de León, también le tocó la misma suerte; a monseñor Devoto, obispo de Goya, defensor de los campesinos, le pasó lo mismo. Al obispo de Santa Fe, monseñor Zazpe, un camión lo chocó de atrás cuando estaba en su automóvil, y salvó milagrosamente su vida. ¿Qué ocurre? ¿Acaso nuestro buen Dios juega al choque de autitos a pila desde el cielo? Obispos y de izquierda. Una mezcla detonante para establecidos y globalizados. Pero dejando de lado el triste e irónico humor negro no podemos omitir la pregunta y presentar la queja: van a ser ventiún años, que un verdadero pastor de pobres tuvo un accidente extraño que lo eliminó justo en un momento clave: era testigo fundamental de la brutal represión sufrida por los obreros del acero. Monseñor Carlos Horacio Ponce de León era una figura clásica de esa nueva Iglesia que había abierto las ventanas del catolicismo para que entraran las enseñanzas de Jesús como un aire fresco. Ventana abierta por el buen viejo Juan XXIII. Ponce de León supo lo que era la pobreza desde niño: era hijo de un taxista de la pampa bonaerense. Se ordenó sacerdote a los 24 años y poco después pasó a ser cura de barrio. El cura José Karaman, de Salto, señala que Ponce de León era “pastor de vecindades: conocía el pelaje de sus ovejas; sus problemas, sus necesidades, sus carencias, sus inquietudes”. Por supuesto, un sacerdote así era de los que necesitaba Juan XXIII. Y ya en 1962 lo designó obispo auxiliar de Salta. Estuvo en el Concilio Vaticano II y volvió entusiasmado: hablaba de hacer un país más justo, un país de hermanos. En Salta, ante la mentalidad conservadora de la Iglesia de allá tuvo muchos choques ya que él dedicó su trabajo a los chicos de la calle. Endulzó con el tiempo el rostro de los salteñitos pobres que aprendieron a sonreír ante ese hombre bonachón que no les pegaba ni les ordenaba penitencias como los demás sino que les hablaba pausado y con calidez. En una entrevista realizada por la investigadora Etel Capdevila, el cura Karaman describe así a Ponce de León: “Varios curas jóvenes lo fuimos a visitar cuando lo nombraron obispo de San Nicolás. Llegamos a la parroquia donde se hospedaba. Después de breve espera, apareció. En el descanso de la escalera vimos a un hombre más bien robusto, tirando a petisón, en mangas de camisa y en chancletas. Bajó los escalones a los saltos y, cuando nosotros extendíamos la mano para besar su anillo pastoral, no nos dio tiempo. Nos estrechó uno a uno en un fuerte abrazo. Quedamos mudos. ¡A la mierda con el protocolo con todas sus excelencias! Nos invitó a subir a su cuarto donde reinaba un despelote episcopal. Libros por un lado, cartas, cajones, ropa y, como mudo testigo de ese encuentro, un calzoncillo a rayas sobre la cama. Ese gesto lo pintó de cuerpo entero, y de alma también”. El mismo cura Karaman recuerda el primer encuentro con el obispo Ponce de León al llegar a San Nicolás, en 1966: “Nos dijo: `Muchachos, acá hay que poner el Concilio en marcha y hacer las reformas correspondientes. Que no sean sólo las reformas litúrgicas sino una presencia de la Iglesia en la transformación de la sociedad. ¿Puedo contar con los curas y las monjas?’ Fue así como él entregó la conducción a los curas jóvenes, cosa que a los curas viejos les revolvió las tripas. Eso trajo consecuencias, sobre todo a nivel del compromiso social. La diócesis de San Nicolás comenzó a acoger a sacerdotes que tenían enfrentamientos con los obispos conservadores”. A partir de ese momento, la Iglesia en la Argentina tuvo tres clases de obispos: los que se tomaron en serio el Concilio Vaticano II y quisieron ayudar a lograr justicia en la tierra; los que se envolvieron en incienso y mirra y que ante el terrorismo de Estado rezaron y miraron al costado; y finalmente los que colaboraron desembozadamente con los criminales de uniforme. Hay un documento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, ya de 1972 (¡qué premonitorio!), dirigido a la Asamblea Episcopal que les dice a los obispos: “El pueblo oprimido se dirige a nosotros, sus pastores, para interpelarnos: `Cuando fuimos hambreados, ¿dónde estuvieron? Cuando sufrimos en barrios hambreados, ¿qué hicieron? Cuando fuimos proscriptos, ¿cómo reaccionaron? Cuando fuimos torturados, ¿qué dijeron, y en qué tono lo dijeron? Cuando fuimos masacrados en las cárceles, ¿qué actitud tomaron? Cuando se nos pretendía engañar cambiando algo para que todo siguiera igual, ¿qué posición asumieron?’ “. Pero los príncipes de la Iglesia adoptarían la posición contraria: basta ese monseñor Pio Laghi, nuncio apostólico, bendiciendo en Tucumán las tropas de Bussi, en plena represión. ¡Qué solo se quedó monseñor Angelelli en los llanos de La Rioja! ¡Qué solo se quedó monseñor Ponce de León en esa San Nicolás donde todos los días aparecía el cadáver de un delegado obrero atravesado por las balas del plan Martínez de Hoz! En las exequias del mártir Angelelli, el obispo Ponce de León ya sabía su suerte: “Yo soy el próximo”, dijo. Y fue el próximo. Un “accidente de tránsito” con las mismas características. Y qué casualidad, Ponce de León llevaba ese día consigo la documentación que había reunido sobre los obreros desaparecidos de Somisa y de Acindar, documentación que involucraba al general Suárez Mason, al coronel Camblor y al teniente coronel Saint Amant, jefe del regimiento de Junín. Este último odiaba al obispo y le había negado la entrada a su cuartel diciéndole: “A mi cuartel no entran comunistas”. Hombre de principios, como Bussi. El auto de Ponce de León será chocado justo en el lugar donde se encontraba él, por una camioneta Ford. Se dirá después que falleció de “politraumatismo grave con traumatismo encéfalo-craneano”. La policía no permitirá al médico personal del obispo entrar a ver el cuerpo. Siempre se sospechó que le habían destrozado la nuca a golpes; igual procedimiento que con el obispo Angelelli. El joven que acompañaba a Ponce de León en el auto, Víctor Martínez, que salió ileso del accidente, es detenido por orden del teniente coronel Saint Amant por “subversivo”, torturado ferozmente y encarcelado. El auto no fue entregado ni dejado ver por la policía. La Iglesia nombra al obispo Laguna para hacerse cargo del Obispado. Jamás Laguna se interesó por la documentación robada ni por hacer una investigación sobre la muerte de Ponce de León. En esa época desaparecerán los archivos del obispo muerto. Muerto Ponce de León y toda su interpretación social y pastoral de la justicia y dignidad en el mundo, dicen que apareció la Virgen en un campito, y toda la población va a pedirle milagros. Ya nadie lucha por el prójimo, sino que espera la salvación rezando y tocando a la Virgen. La síntesis la ha hecho el investigador rosarino Carlos del Frade: “San Nicolás pasó de una pastoral comprometida, al milagro de exportación de la llamada Virgen del Campito. Somisa pasó a integrar el patrimonio del poderoso grupo Techint. Más de 8 mil despidos. El Vaticano promete investigar los milagros de la Virgen del Campito, pero jamás emitió una sola línea respecto de la muerte de monseñor Ponce de León”. Somos todos cristianos. Somos todos argentinos. Agradezcamos a Dios su infinita sabiduría. Obediencia Debida y Punto Final. Amén.

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